El Becerro de Oro que adoraron los israelitas en el desierto, contrariando las enseñanzas y preceptos de Moisés, su caudillo libertador, representa, inequívocamente, las riquezas materiales, y en su forma más condensada, el dinero, fuente de toda miseria espiritual. El Divino Rabí de Galilea resaltó el poder que tiene el dinero como generador de ceguera espiritual. “Más fácil le será a un camello cruzar por el ojal de una aguja que un rico entrar al reino de los cielos”. Lo dijo con conocimiento de causa.
En el pasado político de la República Dominicana hubo una juventud ejemplar, una juventud heróica, acrisolada en los más puros ideales; esa juventud a la cual perteneció este muerto viviente, pagó caro el atrevimiento de desafiar el poder tenebroso de un régimen corrupto y criminal como lo fue el de los 12 años del heredero predilecto de la tiranía de Trujillo: Joaquín Ricardo Balaguer Villeta, un hombre cruel y arrogante que hizo del ejercicio del poder una copia exacta de Francois Duvalier, Anastasio Somoza, Francisco Franco, Benito Mussolini, Jorge Pacheco Areco, Fulgencio Batista, Jorge Rafael Videla, Augusto Pinochet Ugarte, Juan Vicente Duarte, Rafael Caldera, y otros regimenes sanguinarios.
Quien suscribe sobrevivió a la fatal época de los 12 años, sólo por la misericordia de Dios. Indubitablemente hubo una conmutación de la pena de muerte que me aguardaba. a Justicia Divina tuvo compasión de mi. Eso y no otra cosa puede explicar el hecho de que pasara más de diez horas con una hemorragia externa al recibir un impacto de fusil Mauser en la cara interna del brazo
izquierdo, y no pereciera.
En un periódico de la época, abril de 1974, pude leer una reseña donde un médico del Hospital Dr. Morillo King de La Vega, declaraba que la noche en que fui apresado por un contingente policíaco militar, no resistía un traslado a la capital como
pretendían mis captores. Recuerdo que fui internado en el referido centro médico donde, pese a mi delicado estado de salud, pues había perdido toda la sangre, los esbirros del régimen me torturaban con intensos interrogatorios en los que empleaban,
alternativamente, amenazas y suplicio con cigarros encendidos.
Recuerdo al entonces capitán del Ejército Nacional, Fernando Sánchez Aybar, que Dios lo tenga en el Infierno, comandante en la Fortaleza
La Concepción de La Vega, cómo descarga su odio anticomunista, el espíritu de sadismo que le habían infundido los Boina Verdes del Canal de Panamá, en contra de todo el que oliera a bolchevique. Ese oficial me torturó, ante la mirada indiferente del coronel de la Policía Nacional, Benito Monción Leonardo, quien tenía fama de ser un oficial ecuánime y respetuoso de los derechos humanos. Continúa.



Los Recovecos del Ego











