¡Yo tengo una madre! Y podría escribir una infinidad de adjetivos, como: serena, pulcra, afable, humilde, resignada, honesta, amable, tolerante, culta, suave, modesta, respetable, amante de sus hijos… y llenar fácilmente esta página que yo, último
retoño de su vida, ahora uso como estandarte para escribirle.
¡Yo tengo una madre! La adoro, porque ella vivirá mientras vivo. Y yo sé que muchos de mis lectores dirán lo mismo cuando lean estas líneas.
En nuestro país existe una costumbre para honrar las madres vivas o muertas: es el día de las madres. Los hijos e hijas exhiben una rosa en su vestimenta; blanca por una madre fallecida; roja por una madre que aun vive. Pero no todas las madres son piadosas.
Las hay que no merecen el amor de sus hijos. Sería excelente si todas merecieran elogios parecidos a los expuestos más arriba, que salgan de lo más profundo del corazón.
¡Qué bonito sería que todas alcanzaran a convertirse en estandarte de sus hijos! ¡Madres honradas tanto en vida como en la muerte! Que sus hijos digan: ¡yo tengo una madre! Y podría escribir una infinidad de adjetivos, como: serena, pulcra… etcétera.
De seguro se sentirán bienaventurados.
Dichoso aquel que al iniciar la labor del día puede glorificar su ‘hasta luego’ con el beso amoroso y el bienestar de su madre y que
después de cumplir con la ardua jornada, sabe que su tierna madre es piedad, fortaleza y fe y sus plegarias; en bien de sus hijos, son
atendidas con preferencias por el Supremo Hacedor.
Desde esta columna felicitamos a todas las madres en su día, y les decimos con fervor devoto: ¡Son amores, amores benditos!.



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